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La daga de Pallex

Actualizado: 27 jul 2023


Siempre iba de un lado a otro, ocultando su sombra de cualquier llama e incluso de la misma luz de luna. Era él, aquel que había asesinado a más traidores en una noche que en los últimos 10 años. ¿Quién podría evitar su destino? Cuando el mismísimo susurro mortal estaba dispuesto a enseñártelo.


Pocos hombres lo conocían, 3 en realidad: su rey, su comandante y su príncipe. Era alto, de musculatura formidable y cuerpo elegante. Cuando se movía, parecía más una danza antigua que un combate; nunca chocaba su acero con el de ninguno, pues cuando movía su daga, arrebataba la vida a su objetivo. Llevaba una máscara la mayor parte del tiempo, también cubría su cuerpo con vendajes negros y una ligera cota de malla para protegerlo de cualquier descuido. Su rostro alguna vez había sido perfecto, pero la amarga vida se había encargado de cambiar eso; lo que antes era un símbolo de belleza, ahora era un símbolo del temor, pues llevaba una cicatriz en su rostro.


—Majestad —saludó a su rey desde el balcón.


Orus, rey de Belli, se sobresaltó ligeramente. A pesar de que Pallex llevaba varios meses entrando de esa forma para dar sus informes, seguía sorprendiéndose de la habilidad del asesino para escabullirse.


—Buenas noches, Pallex —le respondió—. ¿Está hecho? —El asesino asintió. Se adentró en la habitación, caminando sigilosamente hasta la mesa y dejando en ella unos anillos con algunas gotas de sangre—. Es una pena —dijo Orus—. Conocía a muchos de estos hombres, incluso tengo lazos de amistad y familia con ellos.


—Si duda de mi juicio, solo dígalo —le respondió serio el asesino—. Sabe perfectamente que solo estoy aquí para servirle de la mejor manera. No soy ningún político, tampoco un filántropo; soy un asesino y me atrevo a presumir que el mejor. Mato únicamente cuando estoy seguro de que la muerte de mi objetivo es necesaria. Esos hombres iban a traicionarlo tarde o temprano, es mejor eliminar la maleza desde que es una simple raíz.


—¿Cómo confiarán en mí mis súbditos, si asesino sin piedad a aquellos que "pueden" traicionarme? —le preguntó Orus con cierto enojo en la mirada.


—¿Quiere basar su poder en la confianza? —Pallex se acercó a su rey, tomando una de sus dagas—. Es un excelente estratega, majestad, pero su moral a veces nubla su juicio. Sé que le parezco repugnante, que mi presencia siempre es indeseable cerca suya, sin embargo, ambos sabemos que jamás me he equivocado. Solo puede confiar en un subordinado con toda seguridad; en mí —Pallex posó la daga sobre el cuello de Orus—. Puedo matarlo en este momento y sabe perfectamente que puedo hacerlo sin levantar una sola sospecha, mi daga jamás ha fallado —Se detuvo unos segundos para ver el rostro de su rey, al ver seriedad y calma en este; guardó su arma—. Ni siquiera sientes miedo, es porque estás seguro de mi lealtad ¿Ves? No necesitas que ellos confíen en ti, ni que tú confíes en ellos, solo necesitas confiar en mí y que ellos me teman a mí.


Orus asintió.


Era cierto. Sin importar la situación, estaba seguro de que Pallex, aquel niño que había salvado alguna vez, jamás le arrebataría la vida.


—No me eres repugnante, Pallex —le dijo Orus al ver cómo el asesino empezaba a caminar al balcón.


—Eres un hombre honorable —respondió el asesino—. Yo no, usaré cualquier estrategia que tenga para llevar a cabo mi misión. No puedes mantenerte honorable sin sentir asco por mi comportamiento.


—Cierto, pero el asco no es a ti. Es a mí, que no pude evitar que te convirtieras en esto... todo ese dolor que llevas, fue y será mi culpa.


El asesino se detuvo, dio media vuelta y caminó hacia su rey. Cuando estuvo a un metro de él, tomó su máscara y la retiró, dejándole ver su rostro. Orus era un maestro controlando sus emociones, pero no se comparaba en nada a lo que Pallex era capaz de lograr; el asesino no tenía emoción alguna en su rostro.


—Mírame bien, ¿parezco traumado? No, ¿transtornado? No, ¿feliz? No, ¿triste? No. No hay absolutamente nada en mí, solo la voluntad de servirte y de tomar la vida de aquellos que osan desafiarte. No te engañes, muy en el fondo, estás agradecido de la forma en la que soy. Llegará el día en el que mi brutalidad y frialdad sean necesarias, cuando tu honor y estrategias no sean suficientes para defender Belli... recurrirás a mí.


Ninguno de los dos dijo nada más esa noche. Pallex se marchó como siempre por el balcón, ¿a dónde? Nadie lo sabía con certeza. En el pasado, Orus se había atrevido a ordenar que lo siguieran, pues quería asegurarse de que el asesino no hacía nada indebido sin su autorización. Dos o tres veces fueron suficientes para que Orus no volviese a pensar en esa idea, pues Pallex siempre se daba cuenta y decidía asustar de muerte a cada hombre, mujer o niño que se atreviese a seguirlo. Por su parte, luego de que la lúgubre y tenebrosa presencia de Pallex abandonó el cuarto, el rey decidió dejar de trabajar e ir directo a su dormitorio con su esposa. Amaba a su familia y aunque nunca tenía tiempo para pasar con ellos, siempre buscaba escabullirse unos segundos.


Tres meses después, un niño corría por toda la plaza, custodiado por al menos 20 guardias y 2 generales. No era para menos, pues era el príncipe de Belli, Alem. Siempre había mostrado un interés en las actividades físicas, o eso era lo que decía su madre por no llamarlo inquieto o hiperactivo. Aunque era un dolor de cabeza para sus guardias, Yissin, general al mando de la infantería de Belli, no desaprovechaba esa energía y le enseñaba cuanto podía para combatir.


—Príncipe —le llamó el general.


El muchacho hizo caso omiso del llamado y continuó corriendo por aquel lugar. Por órdenes de su madre, los guardias permitieron que otros niños se unieran al juego con su príncipe, pues era sano que el pueblo viera a su próximo líder como alguien carismático.


—Príncipe —volvió a llamar Yissin, pero esta vez caminando hacia él.


—¿Sí? —contestó aún riendo.


—Debemos irnos —le comentó—. Tengo órdenes de llevarlo con su padre cuando el reloj marque el mediodía y ese momento es ahora.


—¿5 minutos?


—Jamás son 5 minutos —respondió Yissin. Alem empezó a reír, sabiendo que era verdad.


—Lo siento, debo irme —les dijo a los demás niños, a los que no parecía importarles que fuera un príncipe, ellos solo querían jugar.


—Espera —pidió uno de los pequeños. Tenía entre 7 y 8 años—. Majestad, espera.

Alem se detuvo y giró para ver al niño.


—¿Qué quieres?


El pequeño buscó entre su ropa sin dejar de caminar hacia Alem. Cuando finalmente había revelado su intención, el destello de una daga y una corriente de sangre llovieron en el lugar. La guardia de Alem inmediatamente desenvainó y se formó alrededor de su príncipe, estando Yissin en el centro junto a él.


—¿Querías matarme? —preguntó temeroso Alem.


Yissin no supo qué responder al ver el miedo en aquel muchacho. Debía quitarle el miedo a la muerte tarde o temprano, pues no era una característica de un buen rey.

El niño que segundos antes había intentado cortar la garganta de Alem estaba en el suelo, desangrándose rápidamente pues una daga le había impactado de lleno en el cuello. Estaba muerto, aunque aún no terminaba de desangrarse, esa herida no tenía solución.


—Muévanse —ordenó una voz entre la gente que se había juntado para observar la situación. Era él, aquel asesino que se rumoreaba trabajaba para el rey, mismo que era casi un mito para todos los presentes ahí, a excepción de su príncipe.


—Detente —ordenó un hombre alto y musculoso, teniendo la osadía de poner una mano encima del hombro de Pallex. El trabajo del asesino no había terminado aún. Había tenido que asesinar al niño, pero aún faltaba la persona que lo había armado... su madre. La mujer de una de sus víctimas meses atrás, misma que él había advertido a su rey que era necesario asesinar, pues conspiraba en contra de la corona. Quizás ella se sentía segura con más de 10 guardias privados, todos ellos antiguos militares de todas partes del mundo, sin embargo, Pallex sabía que la seguridad era solo una tonta ilusión—. Detente, maldito.


No esperó una amenaza o indicios de negociación. Tan rápido como un destello, Pallex cortó la garganta de aquel hombre y vio cómo lentamente trataba de salvarse juntando sus manos en su cuello. El resto de la guardia privada atacó al asesino, sin importar quién fuera, su tamaño, su arma o su destreza, Pallex jamás dudaba ni un segundo en arrebatarles la vida.

—Espera, espera, espera —imploró la mujer al ver que sus 10 hombres yacían brutalmente asesinados por aquel humano que parecía más bien un espectro—. Tengo dinero, puedo pagarte, llévame lejos de aquí a salvo y te daré todo. Mi hijo, mi hijo ha muerto y ya no hay nada aquí que valga la pena para m...


Antes de que pudiera terminar esas palabras, el asesino lanzó una daga al pecho de esta, perforando su corazón y poniendo fin a su vida de inmediato.

La masacre había sido tal que los mismos guardias del príncipe temblaban, incluso Yissin, que presumía de ser el más hábil de entre todos los humanos vivos, dudaba de su habilidad ante aquel hombre. ¿Era un amigo? No tenía una idea de quién era o por qué los había ayudado.


—¿Está bien? —preguntó Pallex a unos cuantos metros de los guardias—, el príncipe, ¿está bien?


Yissin dudó pero respondió de todas formas.


—Ileso, solo está asustado. Es solo un niño y acaban de intentar asesinarlo... además, creo que ha sido mucha sangre.


—Deberías estar acostumbrado, por el joven príncipe no te preocupes. Lo conozco bien y es más que fuerte para soportarlo. Llévalo de inmediato a su palacio, querrá ver a su madre. Dile al rey que busque en la habitación del príncipe, encontrará una daga debajo de su cama.


Yissin asintió sin bajar la guardia.


Pallex dio media vuelta y se marchó. No había nada más que avisar, sus acciones hablaban mejor que sus palabras y el mensaje había quedado claro. "Nadie sobrevivía si deseaba traicionar al rey".

Al llegar al palacio, Yissin llevó a cabo lo que el asesino le dijo, acompañó al rey en todo momento, pues no confiaba en lo absoluto en el asesino.


—Aquí está —dijo Orus—. Ese maldito, siempre tiene razón.

Orus le dio la daga a Yissin y este la examinó. En ella estaba escrito el nombre de la madre y del hijo que habían perdido la vida ese mismo día, así como la forma en la que habían intentado matar a Alem.


—Llamen a Pallex —ordenó el rey.


—¿Cómo? —preguntó Yissin.


—Solo corre la voz de que quiero reunirme con él, eventualmente vendrá.


Yissin asintió. Aquel misterioso hombre no solo era un habilidoso asesino, sino un genio y un sabio espía. Pallex fuera quien fuera, era un importante aliado que agradecía, porque seguramente era un enemigo invencible.

 
 
 

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